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Actualidad

Uribe y la libertad de Andrés Felipe Arias

Autor: 
Luis Guillermo Echeverri
Fecha: 
Jueves, Diciembre 8, 2016

Es la vida la que administra justicia cuando a los hombres nos queda grande la verdad y su infinito significado.

 

Llegó el amigo a la luminosa ciudad de Miami en un día plácido de otoño. A las carreras con un paso más de rayo que humano, iba lleno de curiosidad y ansioso por cumplir un compromiso humanitario. Al final de los largos corredores de espejos del gran aeropuerto donde se siente con fuerza la implacable presencia del Estado y donde hasta el más altanero de los latinoamericanos se torna en un obediente y culto ciudadano, un supervisor llama la atención a dos agentes de protocolo y dos uniformados de seguridad que tomaban turnos para sacarse una foto con este amable viajero al pasar la cabina donde un oficial de seguridad nacional le expresaba cuánto lo admiraban él, su madre y su esposa por todo lo que ha hecho por la democracia en Latinoamérica.

 

-¡Rápido al hotel! Diez minutos para hacer uso de una moderna Gillette desechable, porque “qué tal uno llegar a presentarse barbado ante ese juez”. Tres minutos para probar un bocado en el café del “hall” principal del inmenso hotel de la bahía de Biscayne. Y como siempre en la puerta del pequeño local, una fila de doce personas latinas esperando con la cámara de su celular para solicitarle la foto que nunca niega a nadie. Se trata ya de un ritual que se repite en cada esquina y en cada lugar público, en cada ascensor y en cada entrada de un hotel desde el mismo instante que este hombre sonriente y sencillo desembarca de una avión, en cualquier parte del mundo que no sea la capital de esta nuestra querida república, en la cual el gobierno ha pagado ya hace años, para tratar de mellar su bien ganada y universal admiración.

 

Después de saludar al conductor y a tres guardias de seguridad por su nombre y preguntarles en detalle por sus hijos, por su trabajo y por su vida, estábamos en la puerta de una oficina en un edificio amplio diagonal a la corte federal en el centro de la ciudad, en N. Miami Av. Tras una pequeña puerta de vidrio que abría las esperanzas de quien con fuerza la contenía con todo su cuerpo, con una expresiva ilusión en su cara, estaba la joven y valiente mujer del ex ministro Andrés Felipe Arias.

 

- “Gracias por venir Presidente, ¿cómo ha estado?”, fueron las palabras que acompañaron una dulce expresión de alegría y autentica gentileza, pero en la cual se podía casi que tocar con las manos el desespero de aquella madre joven, de la esposa llena de amor en la que empezaban ya a notarse años de duros golpes de ese amargo sufrimiento que solo produce en el cuerpo, la tortura interna que genera la injusticia.

 

Entramos todos al ascensor, llegamos a un piso alto donde después de dos nombres sajones, decía como siempre: “Attorneys at Law”. Tres abogados, Uribe y la señora de Arias se reunieron por dos horas para explicarle el proceso a un hombre que venía dispuesto a dar, como siempre, la cara y el pecho en defensa de quienes a su lado le prestaron un servicio a su país y hoy han sido convertidos en presos políticos y tratados de manera injusta, como una forma de oponerse y de golpear la fuerza popular que respalda su trayectoria como líder de la democracia latinoamericana.

 

Esperamos en la recepción hasta que nuevamente tomamos el ascensor y cruzamos la esquina en diagonal para entrar a la corte.  El juez había accedido a que Álvaro Uribe visitara a Arias antes de la audiencia citada para las 4 de la tarde.

 

Así llegó hasta Miami el líder más noble y leal que haya tenido la política contemporánea. Un hombre que por cuatro años recorrió el mundo dando conferencias y que destinó de forma generosa muchos de los pagos personales por su trabajo, al compromiso humanitario autoimpuesto de pagar por la defensa de todos aquellos funcionarios de su gobierno, a quienes sus enemigos, con el fin de atacar su fortaleza política, pusieron a merced de procesos judiciales inconclusos o que dudosamente  acusados fueron juzgados injustamente por una justicia politizada y comprometida quién sabe cómo, por intereses políticos personales de sus opositores y por los inmensos capitales que dejaron en manos de testaferros, colectivos y abogados, todos aquellos criminales de postín que su gobierno puso tras las rejas.

 

Armado del valor infinito que hoy solo vemos en personajes de la historia representados en películas, este demócrata cumple en cada momento de su existencia con lo que le demandan sus convicciones. No hay recuento de un líder de la política contemporánea que haya estado dispuesto a sacrificarlo todo: recursos, honra, credibilidad y tiempo, por estar al lado de sus compañeros injustamente convertidos en presos políticos. Es en estos actos de infinita generosidad, en donde se distingue la grandeza del hombre y la condición del verdadero líder que es Álvaro Uribe Vélez. Un hombre que vive en función de principios, palabra y de una noción de la honorabilidad a toda prueba; un hombre que despierta admiración en el común y envidia entre quienes viven a la defensiva, escasos de confianza; un hombre que se distingue fácilmente de tanto personaje plástico que hoy juega a ser famoso posando de político, gobernante, comunicador, juez o legislador, en representación de la sociedad.

 

Entró escoltado a la corte y lo condujeron a un lugar blindado para encuentros especiales. Como nunca antes en su vida pública, se le vieron los ojos vidriosos a este noble líder. Sentía una imposibilidad de expresar un dolor ajeno represado, y sentía en sus hombros el fantasma de aquello a lo que injustamente lo han querido siempre llevar, a una condena injusta por servir honestamente a las gentes de su patria. Y es que no es mentira que a éste valiente personaje lo persigue la amenaza de quienes para sobresalir, se han tenido que valer de la traición que engendra el difamarlo.

 

Su expresión de agobio al concluir aquella visita carcelaria traslucía hasta el último detalle de aquel anhelado encuentro con su paisano y quien fuera el más joven de sus ministros. Desde el fondo de un túnel que comunica por debajo de la calle los edificios de la cárcel federal y la corte, vio cómo un hombre de talla pequeña escoltado por corpulentos guardias, recorría con dificultad la distancia de aquel tétrico socavón que comunica el mundo de la reclusión de criminales con el de los hombres libres. El caminante llevaba tan solo la pijama de rayas anaranjadas, dotación única de todo presidiario en la gran nación de las libertades. Con mucha dificultad daba cada paso consiguiendo no caer pialado por la cadena que ataba los grilletes ajustados a cada uno de sus pies. Sus manos esposadas iban por delante en posición de súplica a la justicia que en pocos momentos tendría que enfrentar ante el juez federal que le había encarcelado, e iban expresando la alegría de encontrar al final de su dura caminata, a aquel gran líder que demostraba con su presencia un sentido de nobleza y compromiso inexistente entre los políticos y “jefes” de nuestra época.

 

Allí ambos compañeros hablaron en detalle de lo que es la vida del recluso en soledad y compartiendo las comidas con varios de los criminales que pagan condenas después de haber sido extraditados y juzgados en esa misma corte. Este era un encuentro diferente; Uribe ahora abuelo, Arias ahora padre, esposo y reo político castigado, seguramente, tan solo por haber vivido en su temprana juventud un sueño de grandeza que resultó nublado por circunstancias difíciles de evaluar y por la mezquindad que rodea los intereses políticos encontrados y el mundo corrupto de algunos hombres que juegan a ser Dios cuando la sociedad les confía la máxima responsabilidad de administrar justicia.

 

Después de terminada la visita, por caminos diferentes cada uno entraba en la sala de justicia. La mirada del expresidente estaba llena de dolor. En su mano unas notas y en su corazón la determinación de declarar en defensa de su compañero en caso de que el juez se lo solicitara. Tristeza expresaba el alma de aquel ser único; de ese gran Colombiano, engendro de ingenuidad, bondad y vergüenza campesina, al que he visto siempre esforzarse para que su ser humilde enjalme bien ese espíritu terco de la mula que todo hombre de la tierra lleva tan presente, en su convencimiento de que lo que le inculcaron sus padres no puede desviarse de lo correcto, lo honesto y lo debido.

 

Con la mirada y una pequeña palmada en el hombro me lo dijo todo. Aquel encuentro había sido aterrador. Le había transportado a la realidad que a él también injustamente le podría acontecer después de una vida dedicada a servir su patria y a cada uno de sus compatriotas. Después de toda una vida de lucha por la libertad, aquellas cadenas representaban el pago injusto que podría recibir mientras en su propia tierra los más desalmados asesinos estaban consiguiendo el indulto y el perdón del Estado, que no de la sociedad, a manos de aquel a quien él mismo le confió la continuidad de lo que fuera su mayor logro de vida como guerrero defensor de la democracia.

 

Aquel visitante sentado en la tercera fila no pasó desapercibido. En respaldo de una declaración escrita que había entregado desde antes a los abogados, su presencia en la corte secundó el respeto que impone la administración de justicia del gran país del norte a todos las partes de cada proceso. Estaba allí representando a todas las personas honestas de un país. Y para la nutrida audiencia de amigos, periodistas y figuras políticas presentes, su presencia representó esperanza de justicia, la energía que ayudó a los defensores a presentar sus argumentos de forma simple, escueta, concisa, profesional y contundente.

 

Su silenciosa presencia en aquella sala de la corte validaba la gran inconsistencia moral y jurídica, en el proceder de dos gobiernos que en este caso pedían se ajusticiara a un hombre de bien por las mismas razones políticas por las cuales se le niega hoy a la justicia norteamericana castigar a quienes han cometido infinitos crímenes de lesa humanidad, en contra de las leyes de ambas naciones.

 

Aquel día la justicia hizo honor a la verdad. Y la verdad estuvo respaldada por la presencia de quien a pesar del desconocimiento de la Corte Colombiana del tratado de extradición entre ambas naciones desde 1986, ejerció en más de 1200 casos la potestad de enviar criminales a ser juzgados en las cortes de los Estados Unidos de América. No se necesitó más que la presentación de una petición que consistía en la improcedencia de competencia del juez para cumplir con las demandas de los gobiernos de Colombia y los Estados Unidos, ante la expresa negativa del gobierno del actual Presidente Santos de honrar las múltiples solicitudes de extradición que están pendientes desde el inicio de su gobierno, y de sus cuestionables negociaciones y pactos con el narcoterrorismo. 

 

Felicidad ante el triunfo de la justicia en un país civilizado, de ver al padre volver a su esposa, a sus hijos, a una familia que pagó y quedó marcada de manera inmerecida, y al mismo tiempo tristeza por el triunfo de la injusticia en nuestra patria.

 

De regreso al hotel muchos eran los sentimientos encontrados y las preocupaciones en medio de preguntas a las cuales no encontrábamos respuestas para saber qué nos esperaba esta semana al regresar al país. - Nos vemos temprano. - Que descanse señor. Entonces entré en la habitación a buscar en un pequeño libro entre mi maletín una cita que tal vez representaba la única respuesta válida a tanto interrogante sobre el presente y el futuro de Colombia, al final de aquel intenso pero feliz día en la Florida.

 

“Hay hombres que encienden una vela a Dios y otra al diablo. Si se ven obligados a definirse, apagan la de Dios…” - Bernardo Vélez Isaza. Preámbulo de Frank (1917). El diario de Frank. Publicado Medellín, 1953.